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HUMAN HEART

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El sonido del chisporroteo del desfibrilador en las manos del médico dentro del quirófano no hacía presagiar nada bueno. Sus constantes vitales cesaron y la sala se quedó en un profundo silencio. Afuera sus parientes lloraban la pérdida rodeados de decenas de hombres y mujeres que esperaban nerviosos como buitres rodeando a su presa. El protocolo estaba claro y los pasos a seguir sencillos. Llorar, consolar, esperar y negociar.

Se hacían llamar “nuevos ricos”, adinerados debido a un golpe de suerte, una buena inversión en el momento adecuado o simplemente la destreza exacta al apostar por el caballo ganador. Su misión allí, negociar. Una defunción para ellos significaba algo, un corazón y por tanto un negocio. No les importaba cuánto ni cómo, pero tenían que conseguirlo.

La alta sociedad consideraba atractivo el hecho de tener un corazón humano en casa, conservado al vacío, bien fuera en una estantería como reposa libros o en la mesita al lado del despertador. Para los “nuevos ricos” era totalmente imprescindible. Después de oír esto, el anciano con los ojos llorosos apagó la televisión, miró a su nieto desconsolado y le dijo: yo no se tú, pero estas nuevas modas yo no las entiendo.

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